(Por Christian Skrilec)
Setenta y dos horas después que Cristina Fernández de Kirchner, se presentara en un canal de televisión y anunciara su candidatura a diputada provincial por la Tercera Sección electoral, se desató la tormenta judicial.
Creer o reventar, decía mi abuela.
Lo que hasta el mes pasado era una especulación irregular y circunstancial, esto de que la corte confirme la sentencia contra Cristina y termine presa e imposibilitada de participar en elecciones, en los últimos días se transformó en la noticia de mayor volumen del universo mediático, con una proyección de certeza sorprendente.
Apenas unos días atrás, las afirmaciones que la Corte evitaría pronunciarse antes de las elecciones, o al menos antes del cierre de listas, era la idea que trasmitían quienes desandan los caminos de la Justicia. “A la Corte no le gusta inmiscuirse en cuestiones electorales”, era un denominador común de la vocería periodística.
Pero algo pasó. Tal vez el alto rating de la presentación televisiva de Cristina, o la enorme audiencia online, o la repercusión interminable de su lanzamiento como candidata, o las tantas afirmaciones sobre la actualidad política y económica que perpetuaban su eco. Algo en esa presentación generó miedo y preocupación, la entrevista encendió las alarmas.
Hasta hace apenas unas semanas, insisto, algunos días, Cristina era una dirigente política terminada, la sombra de lo que había sido, alguien con un poder apenas perceptible y circunscripto a minorías fanáticas o postergadas, alguien lo suficientemente débil como para enfrentar, casi una molestia a la que había que correr del medio… esto creían, pero parece, que con menos de una hora de presencia televisiva, dejaron de creerlo.
No me interesa hablar del fallo, ni si es culpable o inocente, si el lawfare existe o es una excusa para la corrupción, si la familia judicial es una parentela inspirada en la deshonestidad y la genuflexión. Me interesa el tiempo, la oportunidad, el momento. Ese pronunciamiento, el de la Corte, que hasta ayer era poco probable, hoy parece definitivo.
Creer o reventar.
Cristina no es Perón ni el peronismo es lo que era. Ni el kirchnerismo es lo que era, ni el cristinismo es lo que era. Pero la proscripción de una de las personas con más votos propios del país (la otra, mal que les pese a muchos, es Javier Milei), va a traer consecuencias, y muy probablemente, no deseadas.
Para el resto de los sectores del peronismo, aquellos que tomaron distancia del liderazgo de Cristina recientemente o desde hace tiempo y creían que esta elección era la oportunidad para quitársela de encima, la proscripción los condiciona mucho más que su candidatura.
Romper o enfrentarse con una líder que está detenida es coquetear con la bajeza. No cerrar filas detrás de una Cristina presa, los vacía de discurso y de futuro.
Además, esa foto, la de Cristina presa y proscripta, es un espejo donde necesariamente pueden verse reflejados los gobernadores e intendentes, no sólo los del peronismo.
Pero además de estas y otras tantas otras razones políticas, una Cristina victimizada podría permitirle recuperar la empatía social perdida, no la de los propios, que nunca perdió, si no la de las mayorías.
La Cristina de la entrevista, la de la presentación en Corrientes, se volvió a convertir en una amenaza para muchos. Nadie puede pronosticar con certeza en que puede convertirse una Cristina presa.
Creer o reventar.





















