Víctor Gullotta | Quilmes, la ciudad indiana (parte 1)

por Víctor Gullota, escritor e historiador quilmeño*

 

En el día que, según el Santoral Cristiano, 14 de setiembre, se venera la Exaltación de la Santa Cruz, fecha probable de la fundación de la Reducción de la Exaltación de la Santa Cruz de los Quilmes, hipótesis del historiador Luis Otamendi.

Algunas reflexiones sobre qué somos

El historiador social Juan Agustín García publica en el año 1900 un libro titulado “La Ciudad Indiana (Buenos Aires desde 1600 hasta mediados del siglo XVIII”, y ya en su Capítulo II, parágrafo II (1), no podía dejar de mencionar como su caso inicial a la “Reducción de la Santa Cruz de los Quilmes” , ejemplo de tal mezcla. E inmediatamente se lamenta por su continuo despoblamiento. Señala además el fracaso de este sistema que se impuso en Las Campañas alrededor de Buenos Aires. Recuerda también el caso de otro enclave indígena fallido, la “Reducción del Santiago del Baradero”. Así, podemos avizorar en este libro cómo la élite cultural porteña – la generación de 1896 a la que pertenecía García- (2), tenía pensado a Quilmes como siendo parte de una ciudad indiana entre dos siglos. “Ciudad”, término expresado en un sentido amplio: núcleo poblacional, independientemente que se encuentre en el campo y poblado por indígenas, españoles, u otros.

Ya sabemos que la Reducción de los indios Quilmes fue un régimen de indudable semi esclavitud y servidumbre, forzado, doloroso; pero además boicoteado señorío español que no pudo crecer en ningún sentido por las características propias de esta zona del Río de La Plata. García escribía pensando que, en los albores de las nuevas ciudades fundadas por los españoles en el origen del país no se podía prescindir de la cuestión indígena, ya sea como rechazo o incorporación al trabajo agrícola, explotación de minas, encomiendas, posesión de territorios y riquezas naturales y animales, etc. El nacimiento de las primeras ciudades coloniales para él estaba ligado inexorablemente a la situación, desarrollo y tratamiento de lo indígena.

No vamos a hablar aquí de José García, ni abundar en detalles sobre nuestra Reducción, que le dio el nombre a nuestra actual Ciudad y permaneció dentro del actual ejido central de nuestro territorio nada menos que 146 años, desde 1666 a 1812 (3), ya que ha sido tratado en diversos trabajos de toda índole (4).

Pero el título de Juan García es inquietante. ¿Cómo es posible que una “Ciudad” sea a la vez “Indiana”? ¿Nos ofende, nos disminuye o enaltece? ¿O es sólo un dato más de la realidad? Tendemos a pensar que aquélla, la Ciudad, sería símbolo de civilización, cultura, donde se ejerce el trabajo más alineado a las fuerzas tecnológicas de punta de una época, y ésta otra, la Indiana, sería expresión de la barbarie, la ignorancia, el nomadismo y la sencillez de métodos artesanales para la subsistencia económica, según las categorías brutales y discriminatorias empleadas años antes por Sarmiento en su Facundo. Parecen términos irreconciliables. Pese a ello, al decir “Ciudad Indiana”, provocadoramente, García busca saldar las antañas diferencias entre Ciudad/Campo, Vida Urbana/Vida Rural, y tal vez otras más, Trabajo Intelectual/Trabajo Manual, a partir de pensar una unión o complementariedad dentro de las diferencias. Las divisiones aquellas venían como hierro candente desde el siglo XIX, fueron definiéndose y acomodándose durante el siglo XX, y hoy nos resultan más diluidas, pero no menos complejas, envainadas en otros problemas nuevos.

Aldea, Pueblo, Ciudad

Quilmes fue declarada “Ciudad” por el Gobierno Provincial el 2 de agosto de 1916, y el término se empleó en sentido estricto como núcleo poblacional denso, civilizado, con diversos servicios, industrias y comercios, escuelas, etc. Hubo un inventario previo detallado para argumentar elevarse a esa categoría. La vara para medir el nacimiento de una “Ciudad” en general era su ingreso a los parámetros de la Modernidad. Quilmes Había sido “Pueblo” desde 1812, y en su remoto origen, durante mucho tiempo, fue también una “aldea” indígena, una Reducción. Aldea, Pueblo y Ciudad fue su derrotero. La capital Provincial, en cambio, fue desde su origen “Ciudad de La Plata”, no tuvo núcleos precedentes: desde el Plano de diagonales y escuadra de Dardo Rocha, diseñado en un escritorio, se pasó a construir su realidad en el territorio. Quilmes, a diferencia de aquella, desde los límites territoriales difusos antiguos de la Reducción, pasó al Plano de Mesura de 1818, con delimitación de manzanas y chacras, y desde allí a la realidad de ser cabecera de Partido. Por ello nada más apropiado que otorgarle a Quilmes el blasón de “Ciudad Indiana”, desde aquel libro de García publicado hace 120 años.

Pero lo paradójico y problemático es que, en 1916, cuando se le otorgó a Quilmes el título de “Ciudad”, no quedaban indicios de la existencia de un solo indio Kilmes de origen auténticamente serrano de Tucumán. Antes, y hasta 1812, se registraban apenas una decena de personas integradas en tres familias indias puras (5), que se habían ido muriendo y reemplazados por algún puñado de foráneos “españoles” pobres en los alrededores, sin mezclarse con ellos, porque decían sentir alguna “repulsión” para querer compartir las instalaciones principales de la Iglesia, centro que los agrupaba a unos y otros (véase Guillermina Sors, ob. Cit, pág. 56). De manera que encuadrarla como “Ciudad Indiana”, tanto en 1900 como ahora, suena arriesgado.

Entonces, aparecen así en las nervaduras íntimas de la sangre fundadora de esta particular “Ciudad Indiana”, debido a esa dilatada existencia de la “Reducción de la Santa Cruz de los Quilmes”, las contradicciones, leyendas y mitos de haber sido una aldea indígena de lenta degradación temporal. Cuyo momento final se apagó luego de la Revolución de Mayo casi sin dejar rastros, excepto en algunos documentos administrativos oficiales, como una sombra borrosa que se dibuja sólo a través de ciertos registros, rescatados con dificultad y tardíamente (6). Reducción que fue extinguida por Decreto del 14 de agosto de 1812 cuando ya estaba exánime, vacilante, revolcada en el fango y la desidia de su imposibilidad existencial. Entonces se la pobló nuevamente con criollos, mulatos, esclavos, españoles, nuevos jueces, campesinos, militares, clérigos, y funcionarios, y se declaró a su territorio, el viejo ejido, lugar “libre a toda clase de personas” (7), libertad referida, cabe remarcarlo, sólo al libre tránsito de cuerpos, no a la libertad personal, porque las “personas” seguirían siendo lo que la categoría social les adjudicaba, de “toda clase”, donde los esclavos seguirían siendo esclavos y, por supuesto, donde se inauguraba de hecho la libertad a todo tipo de comercio, movimiento clave que trajo esa “extinción” como mochila encubierta del liberalismo de Mayo.

Lo significativo, y todavía escasamente apuntado o estudiado, es que la propiedad del viejo territorio virreinal indígena pasaba así a manos del propio Estado Naciente, por delegación jurídica automática, pero por poco tiempo, dado que en el término de 6 años quedaría en propiedad de diversos y nuevos dueños, adjudicados según el Plano de Mesura de 1818 en chacras y solares (manzanas), como ya dijimos, a personas muchas veces premiadas por lealtades dudosas y otros servicios.

Toda esta línea de tiempo constituye hoy, desde nuestros comienzos, un espejo propio, específico, real, único en todo el más amplio territorio del Pago de la Magdalena, luego Curato de Quilmes, colgado en la intimidad de nuestra casa común, donde resulta difícil mirarnos sin que el reflejo se distorsione por la ideología, los sentimientos, los prejuicios. ¿Por qué vivo en una (que fue) Ciudad Indiana? En definitiva: ¿Qué clase de Nueva Ciudad Indiana somos, si hay tal cosa para definir? ¿O tenemos que sacarle alguno de los dos conceptos que la componen para definirnos mejor? Porque algunos parten desde un indigenismo ahistórico exclusivista, sin Nación Argentina, sin Ciudad, preexistente y con derechos inalienables que, aunque extinguida físicamente, sostiene un tipo incomprensible de perdurabilidad; y otros parten desde un nacionalismo contra histórico de corneta que, si nos descuidamos, todavía ponen precio a las orejas de los naturales, es decir, sostienen una ciudad limpia, ya sin Indios desheredados y que, además, si se profundiza en su “nacionalismo”, lo encontramos lamentándose de haber derrotado a los ingleses a 20 kilómetros de nuestras costas contra su liberalismo y herejía de ultramar, y echando bufas contra Santiago de Liniers.

Algunos intentan decir elípticamente, y no tanto, que el “Pueblo” de Quilmes nació con el nuevo caserío instalado a partir de 1812 (8). La prueba concreta la brindaría sus primeras casas firmes sobre la barranca. Antes, desde 1666, Quilmes habría sido como el registro de un lector encefalográfico muerto, sin casco urbano a considerar, una línea de tiempo en la naturaleza, plana, sin variantes verticales. Como si los materiales perecederos usados por los indios para guarecerse y vivir durante 146 años: pasto, barro, paja, madera, regadíos y cultivos, no pudieran ser parte de un registro civilizatorio, y ellos desaparecieron como se erosionan los elementos orgánicos. Los desaparecidos ya no están, no existen, son una entelequia. Para esta visión sesgada no hubo algún tipo de Pueblo precedente; uno está separado de lo otro, y el anterior queda inexistente. Es la mirada de lo urbanístico sobre lo antropológico y social, un concepto estrecho de Ciudad, ése que García intentaba superar hace 120 años. Al fin y al cabo, eran llamados “naturales” de la tierra desde la época colonial, anulado o extinguido el territorio, anulado lo natural, comienza el ladrillo, el registro perenne. Y otros intentamos decir que hay una continuidad con rupturas desde los ancestrales orígenes de 1666 hasta nuestros días, porque no nos limitamos a la tangibilidad de los elementos culturales como prueba de existencia y valor de un pasado, muchas veces destruidos con violencia.

Esa ruptura, el momento de la antítesis, debe definirse si es parcial o absoluta. Si es absoluta, hay dos Historias, en la que una apenas cuenta como calendario, ya no continúa y seguramente será desvalorizada. Si es parcial, al mismo tiempo cabe preguntarse ¿Qué se incorpora como síntesis traída del pasado hacia el futuro?

Algunas respuestas: El casco céntrico de Quilmes sobre la base de la Reducción es la primera respuesta, una obviedad insoslayable. Desde la propiedad anterior en suerte de estancia de Pedro de Quiroz, lugarteniente de Juan de Garay, primerísimo asentamiento de esta parte del inmenso Pago de la Magdalena, y centro luego del Curato. Y su expansión hacia el Oeste, desde ya, es su elemento cercano incorporado, inmediato. También sus caminos de comunicación hacia el Norte y hacia el Sur; la Comandancia de la Punta de Quilmes; el puesto militar de control del contrabando para impedir que se rompiera el monopolio español sobre las cercanías de la Reducción; la democracia cabildante que acató para el resto de los habitantes del Curato la Revolución de Mayo de 1810. Y el mantener alejados de sus alrededores a los ganaderos (que le hubiera dado a Quilmes una impronta más terrateniente durante mucho tiempo, que no tuvo), por sobre los agricultores (impronta más favorable a la división urbana, como se verificó), base de un crecimiento poblacional más rápido e intenso, nada menos, que nos fue convirtiendo en el quinto distrito más poblado de la Provincia. Luego, entender que el suelo que pisaron los Kilmes cuando estamos en su Casco Céntrico es el mismo que pisamos nosotros hoy, nos posiciona mejor para reflexionar sobre la integralidad de una Ciudad tan amplia, rica y diversa como la nuestra, es decir, arrojarse afuera de una mentalidad de pago chico exclusivo y tal vez arrogante. Como una ironía del pasado cabe preguntarse: ¿Los desterrados nos destierran o nos incorporan a otra visión de la tierra?

Tal vez valga decir que los mitos indígenas, aunque imperceptibles o indescifrables en el ciudadano actual, seguirían actuando en la imaginación, aceptada o reprimida, por el sólo hecho de saberse en el origen de una ciudad indiana. Como todo poeta, algo habla siempre a través de lo que ya no es o existe, sigue teniendo un agente activo en su espíritu que le brinda el eco de una campana muy antigua. La cerveza llegó mucho después. Una Ciudad, por un lado, con un aspecto lacunar, invadida recurrentemente por las sudestadas de la ribera y el desborde de arroyos, una puerta hacia lo marítimo, lo líquido y barroso y, por el otro lado, el contraste con indígenas provenientes de la serranía, lo continental, la sequedad, la piedra, una entrada al interior profundo del país, a su centro, Tucumán.

Es significativo observar que aquí, a diferencia de otros lugares emblemáticos de la conquista europea (Mayas, Aztecas o Incas) no se arrasó con edificios firmes, o se construyó encima de ellos la parafernalia del vencedor. Esto era llanura, humus, y humedal. Se podrá alegar, sin embargo, con ciertos fundamentos, que el débil Cabildo Indígena Kilmes como órgano político de la Reducción, que actuaba subrogando al Regidor español, y sus limitados medios de subsistencia, impidieron construir con sus pequeñas fuerzas materiales, en la llanura y en el humedal, algo que los perdurara en el tiempo hecho en piedra u otros objetos resistentes. Y nos hubiera dejado así un legado tangible y descriptible poderoso, de su vida, de su mitología y creencias, influidas ya por esta llanura, más lo propio del Valle Calchaquí. Pero sólo se han registrado hasta ahora algunas puntas de flechas, trozos de cerámicas, y los huesos de sus ancestros enterrados en un cementerio. Huesos que se presume con bastante certeza están por debajo de los cimientos de la actual Catedral lo que, según sea vea, sin ánimo de polemizar sobre un tema tan sagrado, no sería tanto olvido ni destrucción, sino más bien un resguardo eterno dentro de un camposanto, dada la espada lapidaria del Decreto liberal rivadaviano de extinción de 1812, que los hubiera hecho desaparecer allá donde se encontraren.

(1) García, Juan Agustín, La Ciudad Indiana, Editorial Claridad, 1933, pág. 36.

(2) Junto al historiador Ernesto Quesada, José Ingenieros, Joaquín V. González, Carlos Octavio Bunge. Una línea de pensamiento en general positivista, algunos con inclinaciones por lo social (como Quesada), y a veces impregnados de un marxismo temprano e infantil (como Ingenieros), y otros liberales pro ingleses (como Bunge). Podemos decir que García pivotea entre ellos, con originalidad y abundante verborragia, pero trata de pensar la argentina desde lo social, fundamentalmente.

(3) Comprendía una amplia extensión en cuanto a su orden legal-administrativo, calculada desde el inicio de las barrancas paralela a la ribera, entre Avda. Las Heras y Avda. Triunvirato, y desde éstas hasta la Avda. Donato Álvarez, aproximadamente, aunque su núcleo poblacional, el caserío indígena y colonial, se concentró alrededor de la actual Catedral de Quilmes. En medición antigua: 3000 varas de frente (al río) por legua y media de fondo.

(4) Para una interpretación de las causas de su despoblamiento, recomendamos: Gullotta, Víctor Gabriel y Poli, Edgardo, “Algunos enfoques para el conocimiento de la historia antigua de Quilmes”, Cuadernos de Historia Nro. 7, Ateneo de Estudios Históricos Manuel Belgrano, 1985, págs. 16/34. Y también, Otamendi, Luis, Historia de la Reducción 1666/1812, Biblioteca DF Sarmiento, 1968.

(5) En 1666, en la Reducción había, según se consulten las fuentes: Más de 1000 (200 familias) indios de origen Kilme y acalianos (Guillermina Sors); 760 según Levoratti-Lager; 455 según García en 1680. Todos coinciden, más o menos, en que según el Padrón del Cabildo Indio en 1812 había 216 personas y sólo 3 familias eran directas descendientes de indios. El mestizaje con foráneos fue mínimo por las características propias de la Reducción. Ver Apéndice Documental en el libro de Guillermo Sors, citado a continuación.

(6) Como recién lo hizo por primera vez la historiadora Guillermina Sors en 1937. Véase Sors, Guillermina, Quilmes Colonial, Publicaciones del Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, Taller de Impresiones Oficiales, La Plata, 1937.

(7) El Decreto firmado por Bernardino Rivadavia, del ala liberal más pro inglesa, Secretario de la Primera Junta de Gobierno, dice: “Declárase al Pueblo de los Kilmes libre a toda clase de personas: su territorio por de la propiedad del Estado: se derogan y suprimen todos los derechos y privilegios que gozaban los pocos Indios que existen en dicha población; y en su virtud se extingue en los citados naturales toda jurisdicción, amparándoles por ahora en la posesión de los terrenos que ocupan, y cultivan, hasta que el Coronel D. Pedro Andrés García realice el plano que se le ha ordenado formar del indicado Pueblo, en cuyo caso se publicarán las demás providencias acordadas. Comuníquese esta Superior Resolución al Gobernador Intendente de la Provincia para que la haga entender, y cumplir, según corresponda” (14.08.1812).

(8) Oliva, Marta, “Centros Históricos y Centralidades Urbanas. Quilmes y su Casco Histórico”, en “Quilmes, 346 años y un bicentenario – 1666 -1812 -2012. 10 autores para un Homenaje”, Editorial Buenos Aires Books, págs. 174/181.

*El texto completo se puede encontrar en publicado en http://www.pueblokilmes.com 

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