
Jorge Marquez (politólogo y docente universitario)
Las narraciones políticas configuran “realidades”, construyen sentidos y necesidades.El poder lanza frases y teje relatos que condicionan maneras de pensar y decir.
Por eso, Argentina fue un país en el que quien apostara al dólar perdería, la revolución sería productiva y la pobreza cero (nunca buscada) bendeciría nuestros destinos.
El discurso oficial conforma opiniones que son repetidas (de alguna manera, ya lo dijo Foucault),en muchos casos, como arietes cognitivos. Mitos que reproducen historias no justificadas.
Luisa Martín Rojo (2017) sostiene que los medios de comunicación reproducen el orden discursivo imperante permitiendo observar qué grupos son aquellos que están socialmente legitimados.
Es por eso, que –como una epidemia–desde el poder, se contagia a la población con frases — incluso con algunas que atentan contra la inteligencia o el interés de sus adeptos—, sabiendo que las tonterías vertidas no harán mella en los gobernantes.
Viene al caso recordar que Menem confesó que sus libros de cabecera eran los de Sócrates y que nuestros viajes a las estratósfera nos permitirían estar en cualquier lugar en instantes.
Así, no sorprende que las proyecciones económicas fallidas poco importen, que la inflación no se haya podido controlar y que el ajuste sea siempre “necesario” como fin de los “70 años de fiesta” que causaron nuestras desgracias.
Si algo abunda en estos días son ejemplos de dichos bárbaros, pero la culpa de los fracasos será siempre de otros.
En tiempos electorales (que son permanentes) la pregunta es ¿cuál es el límite (si acaso existe) del sostenimiento de relatos que atacan a sus defensores?
¿Cuánto hay de inmolación de los ciudadanos que aprueban un gobierno que desmaleza sus esperanzas? ¿Hasta dónde llega el odio como motivación electoral, más allá de la decisión de no votar a alguien por múltiples razones?
En Quilmes, la saturación del marketing a contrapelo de la sociedad esgrime “puntos selfies” como políticas de estado municipal, al son del Oeste olvidado donde apremia la inseguridad, la basura en las calles y en donde los pibes se caen de puentes sin mantenimiento.
Ahora bien: la ficción o sí se quiere la exaltación de lo vano, o la esperanza vendida como un bien futuro — y siempre futuro—, en algún momento deberían colisionar con lo cotidiano.
Ojala la solución fuera apagar el televisor o las redes. Sabemos que es más complejo.
En este mercado persa que obvia cada vez más a los ciudadanos y los exprime sin importarle que en el mediano plazo se fundan, el objetivo es imponer la agenda de los temas que se van a discutir.
Consecuentemente, no asombra, el avance de la derecha con narraciones elementales o la repetición marketinera que busca tapar la mugre y la ineficiencia, bajo sombrillas coloridas a la vera de un río contaminado.
No llama la atención que las inundaciones en el Litoral no sean un tema prioritario o que las enfermedades difundidas por las ratas, en definitiva por la mugre en la que viven, sean una narración que “pasa lejos”.
Mientras la pobreza y la miseria avanzan, estaría bien que las palabras generen sanciones para quienes las usurpan irresponsablemente. La única que se me ocurre que podría preocuparle al gobierno, es la electoral.
Aun así, estoy esperanzado. Después de todo, si bien“pasaron cosas”, quienes perduran de manera irreductible en la rosca política, me prometieron que la Argentina estaba condenada al éxito.
Y sigo esperando.




















Ya esta todo dicho sobre este gobierno a traves de la realidad y ahora falta ver a los ciudadanos.