Expectativas, esperanza y pesimismo

(Por Christian Skrilec)

Cada gobierno asume con distintos grados de expectativas. El tiempo y las circunstancias históricas, la situación económica y social, la emoción personal y los sentimientos colectivos se combinan para establecer esa gradación.

Alfonsín en 1983 asumió con una enorme expectativa de la abrumadora mayoría del pueblo argentino. Volvíamos al sistema democrático, salíamos de una de las décadas más oscuras de nuestra historia, y el espíritu era refundacional. Pero el fracaso económico y el encono social castigaron al primer gobierno radical, y Alfonsín debió esperar 20 años para que lo reconocieran.

En 1989, también la expectativa era grande, el peronismo volvía al poder de la mano de un caudillo riojano que prometía trabajo, “la revolución productiva” se ponía en marcha con entusiasmo. Carlos Menem estuvo 10 años en el poder, y su modelo neoliberal hizo que nos acostumbráramos a la exclusión. En el 95, cuando fue por la reelección, las expectativas eran moderadas y sectoriales, los desencantados y perjudicados por su primer mandato, no tenían ninguna.

En 1999 De la Rúa vino a transformar a la Argentina en “un país serio”. El peronismo capitalista había dejado un país colgado del pincel en medio de un festival de corrupción y obscenidades.  La expectativa era cautelosa, y la desconfianza sobre la eficiencia de la democracia comenzaba a ponerse en duda. Lo de De la Rúa más que serio fue gravísimo, y esa desconfianza hacia la política se transformó en bronca y desazón.

Duhalde no fue electo  pero gobernó el país dos años después de la abrupta salida del segundo gobierno radical de la nueva era democrática. Esa transición sembró las bases para la llegada de Néstor Kirchner en el 2003, que si bien no generaba grandes expectativas al momento de su elección, las fue construyendo con asombrosa habilidad, tanto es así que en el 2007, Cristina fue electa en un marco de expectativas positivas y con resistencias atenuadas, con el único norte de que se continuase con “el modelo”.

También con una mayoría de expectativas favorables, Cristina fue reelecta de manera contundente en el 2011. Pero en su segundo mandato, la “Presidenta de los 40 millones de Argentinos”, como la presentaba la locutora oficial, empezó a alejarse de las mayorías y a abrir demasiados frentes de batalla, la economía y el desarrollo se estancaron, y la oposición logró diseñar el escenario para terminar con doce años de “kirchnerismo”.

Las expectativas fueron la clave del gobierno de Macri. Muchos dividen la gestión Cambiemos en dos etapas, antes y después de la crisis devaluatoria inflacionaria de abril de 2018. Pero lo cierto es que las políticas que terminaron provocando el desastre económico y social de la actualidad, comenzaron desde su asunción en diciembre del 2015. La crisis sólo fue el resultado de un coctel explosivo que dañó fuertemente a la clase media desde un comienzo y condenó a los más necesitados  a la pobreza. Los números hablan por sí solos.

¿Pero cómo pudo Macri gobernar 30 meses con ese rumbo trágico sin demasiada oposición, ganar la elección intermedia y animarse a la reelección? Simple, durante esos treinta meses el gobierno vendió como nunca antes un futuro inexistente (aún en su despedida lo siguió haciendo), y la mayoría de la gente compró. Hubo decenas de encuestas que mostraban como la gente criticaba y descalificaba al gobierno pero mantenía expectativas favorables. En abril del 2018 eso se terminó, y el camino se transformó en una ardua pendiente hacia el fracaso. Entonces llegó Alberto Fernández.

Hoy las expectativas son altas, pero el país es cada vez más difícil. Como expuse en el título, así como las expectativas son claves para la llegada y la continuidad de un gobierno, la esperanza es un condimento fundamental. Como dice el refrán, la esperanza es lo último que se pierde, y más allá de la ruptura social, muchos de los que no guardan ninguna expectativa sobre la gestión de Fernández, tienen la esperanza de que las cosas salgan bien. A la hora del conteo, son muy pocos los que pueden darse el lujo de apostar al fracaso.

Respecto al pesimismo, recordemos que un pesimista es un optimista con experiencia, lo que no quita expectativas, y mucho menos la esperanza.

Gracias por leer.

*Publicado en la edición Nro. 957 del semanario “El suburbano”.

 

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