Jorge Márquez| 35 años no es nada

fotomia

 

Por Jorge Márquez (politólogo y docente universitario)

 

 

 

El 10 de diciembre se cumplen 35 años de nuestro retorno a la Democracia.

Es posible que este hecho pase desapercibido, la agenda mediática impondrá ganadores de Copas Libertadoras jugadas en el país del que nos liberamos, violadores hijos de fiscales que lejos de ir presos son influencers y precios cuidados para fiestas que tendrán gusto amargo.

Igual, vale recordarlo,  como un día luminoso en los que éramos capaces de empezar de nuevo.

Asumía, después de 8 años de dictadura,un presidente constitucional, dejando atrás la oscuridad de la tragedia más allá de sus secuelas imborrables. Los militares habían intentado una ley de Pacificación Nacional, “una autoamnistía” que no tuvo éxito, y en su caída inexorable decidieron entregar el poder antes de lo previsto (inicialmenteestablecida parael 10 de enero).

Las elecciones se llevaron adelante el 30 de octubre de 1983, en aquella oportunidad se incorporaron 5 millones de votantes a lo que fue un total de casi 18 millones de empadronados.

Alfonsín logró el 51.7 % frente al 40.1% de Italo Lúder. Tal mayoría le permitió obviar la instancia indirecta que el sistema contemplaba: el Colegio Electoral.

El radicalismo no había alcanzado un porcentaje tan contundente desde 1928, cuando Hipólito Yrigoyen fue reelecto. Hasta ese entonces, el peronismo nunca había perdido una elección nacional.

Quienes sobrevivimos la dictadura sentimos que no habían podido con nosotros: la democracia era un continente sin límites.

No nos importaba la desocupación (l3, 7%), el dólar a 26 pesos argentinos, ni la inflación altísima. Ya se había ido Cavallo del Banco Central estatizando la deuda privada y dejándonos las penas como signo de los tiempos.

Venían otros desafíos; rehacer la sociedad y la cultura, reconstruir la política, la educación, las redes sociales y los lazos afectivos.

Pero los límites emergieron paulatinos. Aprendimos que la democracia no alcanzaba para comer, educar y curar. Ni para evitar que avancen ideas de derecha en un país pobre con deudas formidables, que continúen los femicidios, que la mitad de los pibes sea pobres y que el horizonte económico se torne terrorífico.

Es posible que la palabra se vaciara de significados o se recortara en pequeñas alegorías.

Encuadramos su objetivo en seguir tirando, cómo se pueda.

Aparecen lejanos los días que pedíamos libertad, y es probable que la no resolución de nuestras dificultades obnubilaran las creencias ciudadanas.

La democracia, ya como sistema o forma de vida,se muestra acotada y anacrónica en sus formas. Sus deudas generan contradicciones. Tal es así, que muchos están dispuestos a entregar derechos a cambio de una seguridad supuesta, mientras otros, truecan su tristeza por una esperanza en cuotas que no pueden pagar.

Sin embargo, creer que lo conseguido fue gratuito, sería nuestro peor crimen.

Es por eso que pese a la desazón, postulo como antibiótico y homenaje a quienes dedicaron sus vidas para que tuviéramos otro destino,  pensar y actuar en consonancia a nuestra deuda interna.

Es nuestra obligación, debemos saldarla, antes de que se transforme en impagable y la democracia se vuelva solo una palabra dulce que evoque tiempos que nunca serán.

 

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