Rotos a piedrazos

(Por Christian Skrilec)

Estamos socialmente rotos, y es muy posible que nos hayan roto a piedrazos. El problema es elucidar quién tiró la primera piedra, y prestar atención a ver quién tira la piedra más grande. La cartografía de este último año parece dejar sólo un mapa: la imposibilidad de solucionar nuestros problemas políticos, económicos y sociales.

El distanciamiento del gobierno Nacional respecto a la realidad cotidiana, al día a día del ciudadano de a pie, parece irremontable. El azote que sufrieron en las últimas horas el presidente Mauricio Macri y su ministra de Seguridad Patricia Bulrrich en sus amadas redes sociales y hasta en los medios adictos,  se corresponde al nivel de sus desaciertos. La frase del presidente pidiendo que la mega final entre Boca y River por la Copa Libertadores se dispute con público visitante, no fue una muestra de voluntarismo político o de pasión futbolística, fue una muestra clara que Macri no está interpretando la situación y el ambiente de las mayorías. El problema de fondo, el piedrazo mayor, es que ese error de interpretación lo tuvo con otros temas mucho más sensibles: la inflación, las inversiones, la seguridad, las tarifas, el empleo y los salarios, entre otros desaciertos que se exhiben con la puesta en práctica de sus políticas.

Hoy, el pensamiento de quienes representan a Cambiemos en la provincia de Buenos Aires y los populosos distritos del conurbano, tomó una distancia enorme con el gobierno nacional. En la Provincia y los municipios se camina por el territorio, por los mundos reales; mientras que en la Nación se navega por los mundos virtuales y mediáticos. Lamentablemente, la verticalidad de la política, no permite (por ahora) hacer públicas estas diferencias.

Elijo creer en la ingenuidad del gobierno y no en el cinismo, porque si no el diagnostico de imposibilidad de solución que nos dejará este año se transformaría en una enfermedad terminal e irreversible. Aunque no parece posible omitir la acusación de cínicos a los políticos, dirigentes, periodistas, o cualquier otro que en estos días haya hablado públicamente de barras bravas.

Usted lo sabe o lo imagina, pero me permito recordárselo: los barras bravas, hinchas caracterizados, mafiosos del fútbol o como quiera llamarlos, no sólo son parte del aparato de poder de los clubes, son parte del aparato político del estado, sea cual sea su origen partidario o ideológico. Hay barras, o familiares de barras, empleados en el Congreso de la Nación, la Legislatura bonaerense y en la Legislatura porteña. Hay integrantes de las barras de los equipos de fútbol del conurbano empleados en todos los municipios donde sus clubes tienen sede. No es algo excepcional, es algo aceptado dentro del mundo de la política. Lamentablemente, hará falta más que una nueva ley para combatir este flagelo.

Lo urgente siempre prevalece ante lo importante, y lo coyuntural encubre la profundidad del problema, acá la mugre siempre termina debajo de la alfombra, y la política, la única que puede sacarla, se está quedando sin herramientas para hacerlo.

Está cada vez más claro que los sectores inclinados  a ideas vinculadas a la “derecha” no están capacitados para construir siquiera un discurso que les permita abordar con sensatez el problema de la marginalidad y la pobreza. Mientras que los sectores vinculados a ideas de “izquierda” o “progresistas”, son incapaces de articular un discurso pragmático para enfrentar la inseguridad y la violencia social. Esa combinación de ineptitud es la que solidifica un pronóstico desgraciado, al menos, para el futuro inmediato.

Si a la imposibilidad de la solución política, le sumamos la frustración de las mayorías, y la caída brutal de las expectativas respecto al futuro personal de cada uno, el piedrazo se transforma en algo natural, que no puede sorprendernos.

El proyecto político del oficialismo está roto, o al menos seriamente fisurado. El proyecto opositor sigue roto y fraccionado. La sociedad está quebrada y con un nivel fragmentación y violencia social latente pocas veces experimentada. Reconozco que el diagnóstico no es optimista, pero no advertirlo  es negligente, al menos, debemos prepararnos para el próximo piedrazo.

Gracias por leer.

 

*Publicado en la edición Nro. 913 del semanario “El Suburbano”.

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