Jorge Márquez | Vivir al Palo

fotomia

 

 

Por Jorge Márquez (Politólogo y docente universitario)

 

 

Es conocida la idea de la modernidad líquida en Bauman: lo construido se derrite ante los embates de los cambios que configuran una nueva sociedad.

La idea, de alguna manera, retoma por otros senderos, la enunciación de Carlitos Marx, que en su momento profetizó que  todo lo sólido se desvanecería en el aire.

De esta manera, los habitantes del mundo deberemos acostumbrarnos a la incertidumbre permanente, fruto de las transformaciones que imponen las tecnologías, el poder económico por sobre los gobiernos y las migraciones.

Nuestro presente tiene que ver con nuevos relatos distópicos que surgen al compás de un mundo globalizado, en donde el foco está puesto más en los consumidores que en los ciudadanos.

La cuestión argentina, siempre meandrosa y cambiante, contrasta este diagnóstico por caprichos culturales.

Es posible que en los países desarrollados, muchos habitantes puedan cambiar de empleos por motivaciones varias, como señala Bauman. Nosotros estamos habituados a crisis que nos obligan a adaptarnos, a buscar resguardo ante economías descarriadas. Ya los sabemos, en los noventa las metáforas del sueño emprendedor empujado por las indemnizaciones, asumía forma de canchas de paddle, parripollos o remises.

Es indudable que cada etapa tendrá su adaptación dramática, su reconversión obligada, urgente, nunca proyectada. Es más, podríamos afirmar que Argentina, a la larga,  presenta la solidez de una mesa de ruleta, donde los pocos que pueden apostar saben los números que van a salir.

En la modernidad líquida las relaciones son efímeras, en la Argentina hace tiempo que las lealtades políticas vuelan como golondrinas en pos del verano, cuando se opacan los liderazgos o los ciclos de poder.

El abandono de lo estable no es nada nuevo para nosotros, diría que estamos blindados: hace rato que vivimos como natural la incertidumbre, la imposibilidad de prever y visualizar futuros alentadores.

Así, la liquidez se torna el vértigo de manipulaciones temporales y análisis anacrónicos: porque fuimos el granero del mundo, los más europeos de Latinoamérica y pudimos ser Nueva Zelanda, Australia o Canadá, pero por algo que no se explica, nos quedamos en el Conurbano áspero, con pocas cloacas y sin luz.

Por acá, solo se destruyen frágiles estructuras: hace años que vivimos al palo, y si bien tuvimos un crecimiento excepcional del 2004 al 2008, la película de nuestra vida nos muestra que mayoritariamente pisamos terrenos arenosos.

Como quién muestra cicatrices en el alma, decimos que sobrevivimos a la híper alfonsinista, la convertibilidad menemista, el 2001 aliancista, y entonces, la conservación se torna nuestro destino.

Por eso, aunque lo sólido se derrita, se descongele, licúe y profane algunos valores supuestos, no deberíamos temer. Fluimos vertiginosos en una crisis permanente, mientras los ríos (rápidos) nos arrastran a un mar lejano, posiblemente contaminado por desechos tirados por quienes invierten en parques ecológicos.

La liquidez argenta destruye castillos que nunca se construyeron. En ese ínterin, muchos preocupados por el 2019,  se siguen olvidando — o no les importa reconocer— que las batallas culturales se ganan día a día, o se pierden por siglos.

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