No es diciembre

 

(Por Jorge Márquez)

Atravesamos diciembre con un calor que hace más líquida la posmodernidad y algunas certidumbres, y aparece la idea de que algo va a ocurrir, mientras la meteorología adaptada al calentamiento global, pronostica vientos huracanados y tormentas importadas de países tropicales.

Es probable que para muchos de nosotros, diciembre sea territorio de urgencias y ansiedades, de repasos y cierres de balance. Por eso, de alguna manera, nos despedimos, ante una suerte de apocalipsis —con rituales poco cuestionados—, que incluye villancicos, mensajes de amor, brindis y bocinazos e insultos que no saben de noches de paz.

En mi caso, intuyo que esa última hoja del calendario guarda algo insospechado. Podría comenzar categorizándolo como un mes tramposo, cuyo  nombre representa al número diez —del latín decem—, pero juega de doce, en una de las tantas curiosidades de nuestra cultura configurada y configurante. Y aunque el mismo criterio podría aplicarse a setiembre, octubre y noviembre (siete, ocho, nueve), en este caso, aparecen recuerdos de crisis económicas y palabras que estremecen, tales como saqueo, batalla, tragedia, que no se disuelven en los vahos de los 30 grados a las 9 de la mañana ni en las burbujas de los brindis prematuros.

Sergio Berni, cuando era ministro, intentó ensayar una naturalización — noviembre del 2014— diciendo que  “Los saqueos son parte más de la cultura navideña, sobre todo en la provincia de Buenos Aires. Eso no es casual y es provocado con un objetivo muy claro y preciso”. Podríamos acompañarlo mencionando una tradición de hechos violentos que nos retrotraen a aquel diciembre del 2001. Los saqueos retornarían —no ya los helicópteros para transportar presidentes—, y en el 2013 habría que sumar a la tradición festiva un motín policial.

Este año, diciembre, regresó con muchos de los ingredientes temidos: represión, disminución de los ingresos a los jubilados y pensionados, manifestaciones y repudios, mientras algunas organizaciones gremiales miran la luna —buscando algún Papá Noel—, y el gobierno avanza en el ajuste tan mentado.

En ese marco, ante una manifestación popular, no faltará quién la señale como sediciosa, mientras un grupo de bárbaros, con armas medievales y millares de piedras, aportarán la necesaria funcionalidad para justificar la represión. Y la represión siempre es represión y salvajismo, codicia de locura y tragedia, gas pimienta y sangre.

Atrapado en una dialéctica inconclusa aparecen, como una pesadilla, en forma de video dadaísta, imágenes anárquicas. En el recorrido, surgen segmentos de nuestra historia: gobiernos, algunos ministros, policías, sindicalistas, políticos,  jueces y periodistas, sumados a dementes violentos que disparan contra las construcciones colectivas. Sobreactuando, diputados gritan, pero dan quorum para el ajuste, y se escuchan defensas de lo indefendible y arengas de quienes se peinan frente a las cámaras y se acuerdan de los pobres más intensamente cuándo más lejos del poder están.

Nos queda el consuelo de creer que enero traerá la calma de la hoja nueva, y tendremos casi todo un año, hasta que reaparezca, renovado, para recordarnos que  las miserias humanas se pueden desnudar a un ritmo vertiginoso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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